Gracias

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jueves, 1 de septiembre de 2011

Banderas blancas


Publicado el 27 agosto, 2011 por Vivi Cervera

He aquí el gran dilema de la mayoría de personas que emprendemos un viaje de curación en estos tiempos: ¿Veo o no las noticias? ¿Compro el periódico para mantenerme informada? ¿Comento lo ocurrido? ¿Me quedo callada para no contribuir con el miedo colectivo? Y sobre todo esta:
¿Qué puedo hacer para ayudar?

Pues comenzar conmigo. Sí.
Es que casi siempre tengo esta ligera impresión de puedo contribuir con… o ayudar a… y eso no es más que un engaño, es una de las razones por las cuales es tan complicado caminar en medio de un mundo en paz. Una voz fuerte e impositiva siempre me hace creer que tengo que encontrar algo ahí fuera que ayude a mi país y en cambio un susurro lejano me hace entender a medias que la única persona que puede hacer algo por la paz soy yo.
¿Cuál paz? Pues la mía. En realidad no tengo que ocuparme de que en el mundo haya paz; lo que sí puedo hacer es encontrar la forma de sentirla en mí. Justamente ahora puedo declararme 100% responsable de lo que veo, de lo que escucho, de lo que siento, de lo que me lastima. ¿Por qué tendría que hacer esto alguien más? Es tan absurdo pensar que otra persona debe lograr un cambio para que yo sea feliz, eso es completamente ilógico. La única persona que puede hacerse cargo de su propia felicidad soy yo! Y nadie podrá traer paz al lugar donde vivo mientras mi vida, mi propia vida, mi ser individual esté envuelto en constantes guerras internas. No puedo pretender que el país en el que vivo obtenga una paz que yo misma desconozco.
¿Qué más puedo hacer por ayudar(me)?
Comienzo a mirar dentro de mí, para hacer algo por ese mundo mío que mis sentidos creen que se está cayendo a pedazos. Y sólo yo puedo hacerlo porque nadie que no sea yo misma puede pensar por mí. Además, todo lo que percibo llega a través de mí; personas, objetos, sensaciones, pensamientos, dudas, preguntas, razonamientos, acontecimientos, todo absolutamente todo llega a través de mí. Pero el juego consiste en que no me dé cuenta. El juego consiste en que culpe a alguien  a quien debo tratar como si estuviera separad@ de mí, para que así compartamos las cargas (al menos). Este juego extraño se gana cuando me doy cuenta de que todo lo que me causa dolor, se encuentra en el medio de un par de neuronas escondidas en los recovecos de mi cabeza. Sólo yo puedo lograr un cambio porque el mundo es sólo mío con toda su multitud de seres caminando por las ciudades. Por eso lo que pronuncio, pienso y siento importa.
No estoy diciendo que esto se puede lograr de un día para otro o que es sencillo. Lo que estoy diciendo es que un buen comienzo es el de perdonarme a mí misma por lo que sea que estoy viviendo e incluso por esa realidad que a ratos se vuelve tan amarga que es casi imposible aceptarla o digerirla.
Imagina una mujer activista que con pancartas camina acompañada por centenares de personas enojadas por la violencia en el país, rechazando y avanzando en contra de un sistema que no comprende y que no acepta. Ahora vé, cómo esa misma mujer llega a su casa a discutir con su pareja o con su madre por toda esa cantidad de situaciones no resueltas a nivel personal o familiar. Ella está enojada con su propia vida y por eso todo su mundo se convierte en un campo de batalla en el cual hay que luchar; pero deberá descubrir que no es por ahí, y que ha de emprender un camino diferente al que ha conocido hasta ahora. Pretender la paz para una nación lastimada, desde un corazón en guerra es un trabajo tan estresante como inútil, que incluso puede llegar a enfermar a quien lo lleve a cabo.
La paz comienza en la intimidad de mis propios pensamientos cuando te digo que lo siento porque no sé muchas cosas y porque busco la luz de la mano contigo; cuando me perdono por lo que no me creo capaz de resolver o mejorar, cuando me perdono por estar enojada, cuando soy tolerante conmigo misma. La paz da inicio cuando en medio de mis batallas puedo decir gracias por la impotencia que siento; cuando puedo amarme aunque todo a mí alrededor me grite que no lo merezco; cuando me amo por descubrirme inocentemente humana.
Mi paz comienza cuando amanece y doy las gracias por lo que es, cuando me siento a la mesa y aprecio lo que tengo, cuando hago silencio en la mayor de mis pruebas o cuando entiendo mi furia, mi dolor, o mi historia personal. Mi paz comienza con mi forma de mirar el mundo, con la forma en que me río de mí misma o de la parte graciosa de la vida. Mi paz comienza con la complicidad que tengo con mi cuerpo, con ese diálogo en el que le declaro la paz sin importarme lo que digan las otras voces. Mi paz comienza cuando dejo a un lado la idea de que tengo que ser buena por seguir a unos cuantos y cuando respeto lo que mis sentidos perciben porque ignoro si es una respuesta divina o no. La bandera blanca debe ondearse en mí, sólo en mí.
Queremos un milagro; queremos una nación libre donde sea posible vivir cómodamente, aunque lo realmente insólito es nuestra forma de buscarlo y el lugar en donde queremos hallarlo.
Nos pasamos la vida compartiendo noticias desagradables porque con ello creemos apoyar a quienes amamos, sin embargo al deleitarnos con este extraño placer sólo sembramos más miedo, más pánico, más odio. A veces, escuchar las noticias o compartir lo que más te angustia es algo que no planeas, sólo llega una vez más para ser limpiado por ti con gratitud. Así que no discutas contigo y comienza otra vez.
Me pregunto ¿qué sucedería, si por cada noticia desagradable que escuchamos, pronunciamos la palabra gracias?
No lo sé.
Yo sólo sé que estoy agradecida porque una amiga, Wendy Galván, me inspiró para que escribiera un artículo por la paz, dadas las condiciones actuales en la república mexicana y creo que esto aplica para cada rincón de la Tierra. No sé si es correcto o no, sólo me siento agradecida por la oportunidad de hacerlo.
Gracias por leerme. Un abrazo fraternal de paz.
© Todos los derechos reservados. Vivi Cervera 2011.
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